martes, 1 de junio de 2010

Fabada's love

Un día llegó el amor, encontré a un maravilloso caballero y nos enamoramos. Cuando se hizo evidente que nos casaríamos hice el sacrificio supremo, como buena asturiana, y dejé de comer fabes.

Algunos meses más tarde, el día de mi cumpleaños, mi coche se estropeó de camino del trabajo a casa. Como vivía a las afueras llamé a mi marido y le dije que llegaría tarde porque tenía que ir andando a casa. De camino, pasé por un pequeño restaurante y el olor de la fabada fue más fuerte que yo. Con varios kilómetros por delante para caminar, calculé que se me iría cualquier efecto negativo de les fabes antes de llegar a casa, por lo que entré y antes de que me diera cuenta, ya había tragado tres buenos platos de fabada. De camino a casa me aseguré de liberarme de TODO el gas.

Cuando llegué, mi marido pareció excitado de verme y gritó con gran alegría: "¡Querida, te tengo una sorpresa para la cena esta noche!" Él entonces me vendó los ojos y me condujo a mi silla en la mesa. Tomé asiento y cuando estaba a punto de quitarme la venda de los ojos, el teléfono sonó. Me hizo prometer no tocar la venda hasta que él volviera y se fué a contestar la llamada.

La fabada que había consumido todavía me afectaba y la presión se hacía más y más insoportable, tanto que mientras mi marido estaba fuera, aproveché la oportunidad, me apoyé en una pierna y dejé caer uno. No era ruidoso, pero olía como un camión de fertilizante delante de una fábrica de pulpa de papel. Tomé la servilleta de mi regazo y abaniqué el aire alrededor de mí enérgicamente.

Entonces, cambiando a la otra pierna, dejé escapar otros tres. ¡¡La peste era peor que la col cocinada!!!

Manteniendo mis oídos atentos a la conversación de mi marido en la otra habitación, continué tirando unos cuantos durante otros pocos minutos.
El placer era indescriptible. Cuando más tarde la despedida telefónica señaló el final de mi libertad, rápidamente abaniqué el aire unas cuantas veces más con mi servilleta, la colocó sobre mi regazo y doblé mis manos atrás sintiendome muy aliviada y complacida conmigo misma.

Mi cara debe haber sido la imagen de la inocencia cuando mi marido volvió, pidiendo perdón por tomar tanto tiempo. Él me preguntó si yo había echado una ojeada por debajo del vendaje de los ojos, y le aseguré que no.
En este punto, él me quitó la venda de los ojos, y doce invitados a la cena sentados alrededor de la mesa, entre ellos mis suegros, cantaron a coro: ¡ Cumpleaños Feliz!

¡¡Y... me desmayé!!

3 comentarios:

  1. ¡Aaaayyyy! ¡Qué me parto!
    Hace más de tres horas que leí esta entrada y no puedo dejar de reír. Me imagino la situación y me da la risa tonta... ¡Qué bueno!
    Me recuerda un "caso verídico" (como decía el genial Paco Gandía, cuyo chiste de aquel niño, en los toros, que se había "jartao" de garbanzos -versión andaluza de la fabada- se hizo famosa). Cuenta mi suegra que estaban ella y mi suegro en la sala de espera del médico. De pronto, a él, se le escapa una sonora ventosidad y, enseguida, la mira y en voz baja, pero suficiente para que le oigan todos los presentes, como recriminándola, le dice: ¡Loooola! La pobre no sabía donde meterse, porque el muy "zorro" consiguió que todos pensaran que había sido ella.

    ResponderEliminar
  2. Juassssssss. Si es que la vida a veces supera la ficción. ¡Qué morro el tipo!

    ResponderEliminar
  3. jajajja... no se me ocurrió ese final....!!
    Qué papelón...!!! por Dios...!!!

    ResponderEliminar